15 febrero 2018


LATIR

Nos conocimos de forma inesperada
sin citas en la agenda, al más puro azar.
En la cena hilvanamos
preguntas y respuestas
y nos dimos el teléfono
por si algún día, quién sabe
te apetece un café.

Después de unos meses nos escribimos.
Ella, con el corazón en reformas
consciente de una grieta
que empezaba a sangrar.
Yo, con el mío, en cuidados intensivos.
Aún así quisimos probar fortuna.

Frente a la chimenea, junto al deseo
iniciamos el prólogo a nuestra historia
mientras recordábamos a Benedetti
invitando a las musas a cenar.

Una noche, contemplando las llamas
sonó el teléfono
excusándose se apartó de mi un momento.
Noté cierta molestia en mi costado izquierdo.
Quizás fue un presagio
-el cuerpo es sabio-
o fue que mi corazón se trasladó de lugar.
El suyo, a partir de ese instante
se hizo más fuerte, dejó de sangrar.

Pasó el tiempo. Ella regresó a su pasado
sanó sus heridas y cambió de peinado.
Mientras yo, en un arrebato de orgullo
le devolví sus cartas por correo postal.
Nunca supo que hice fotocopias
que al cabo de los años
rompí en un arrebato de olvido.
Un par de veces nos cruzamos después
rodeadas de gente y bullicio.
Ella de la mano de su amante.
Yo ocultando mi escote
por donde asomaba una cicatriz.

La amé por poco tiempo
pero fue tan intenso
que aún habiéndola olvidado
cuando leo a Benedetti
mi corazón se acelera
como si estuviera a mi lado.

No sé qué es de su vida
si le sigue gustando el café
o dejó por fin el tabaco.
Ignoro si se queda dormida
contemplando las llamas
si sus hijos se fueron de casa
o ha vuelto a cambiar de peinado.
La amé por poco tiempo.
Lo necesario.


Gloria Bosch Maza

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