01 febrero 2018

EL ARMARIO DE LA ABUELA


Un día, según fuentes familiares, cuando todavía me desplazaba a gatas por la casa me escondí en un armario. En un descuido de mi madre conseguí llegar hasta él y desaparecí. Ella fue la que me rescató porque percibí el suave tacto de sus manos que ya reconocía. Desde entonces siempre me sentí atraída por refugiarme en ellos.

-¡Sal del armario!, me decían mis primos cuando huía de los juegos infantiles y yo como si oyera llover. Dentro de ese cobijo de madera con olor a naftalina me sentía protegida y daba rienda suelta a mi imaginación. Aquel armario de la abuela se había convertido en un útero donde renacer y ser otra. Siempre el mismo ritual, abría la puerta, me colocaba frente al espejo y allí ante un prestigioso e imaginario público tocaba la guitarra, cantaba o hacía mis pinitos con la poesía, todo lo que no hacía cuando salía de él. Sólo los nudillos de mi madre golpeando la puerta conseguían que la abriera junto a su voz, reclamando mi presencia.

Desde pequeña escribo para inventarme historias, porque cada mañana el miedo se colaba en mi cartera y enseñándome sus garras me susurraba al oído que no conseguiría nada. Escribo porque conocí demasiado pronto emociones como la rabia, el miedo, la tristeza y jugaba con ellas como jugaba con mis muñecas. 

Escribo por rebeldía, porque a los catorce años tuve que dejar el colegio y empezar a trabajar y en el trayecto, sin apenas darme cuenta, extravié mi infancia. Escribo para gritarle al mundo que existió una niña con trenzas rubias y zapatos de charol que sólo quería ser escuchada y amada. Que deseaba seguir estudiando y leyendo libros pero alguien sacó unas tijeras y le cortó las alas. 

Escribo para llevarme la apatía por delante, para salir de mí misma, porque a través de la escritura comparto los abrazos que me faltaron. Escribo porque necesito respirar y porque la escritura me oxigena, es mi tercer pulmón.

Escribo porque mis padres solían discutir por esto o por aquello y yo temblaba como una hoja deseando que se abriera el techo y alguien me sacara de allí.  No los juzgo, ellos también fueron víctimas de su propio desamor. De ellos aprendí muchas cosas que ahora con los años valoro aún más: la fortaleza de mi madre a pesar de su aparente fragilidad, su risa contagiosa incluso sus lágrimas que me enseñaron a empatizar con el dolor ajeno, sus ganas de contentar a todo el mundo y el brillo en sus ojos cuando recitaba poemas de memoria. De mi padre su sentido del humor, su inteligencia innata a pesar de no haber pasado apenas por la escuela, sus ideas izquierdistas y el don de la palabra escrita.

Escribo también porque se lo debo al armario de la abuela, el refugio donde se engendraron mis sueños. Tardé muchos años en que se hicieran realidad pero nunca podré olvidar aquel cobijo entrañable. Cuando crecí los armarios se hicieron pequeños y ya nadie me gritó que saliera.

Mi balance creativo ha sido positivo: siete libros, teatro y algunos cuentos. Ya no puedo vivir sin actuar ni escribir, a veces con el alma al cuello, otras con el gozo entre las manos. En los momentos bajos pienso que hubiera cambiado todo esto por tener una infancia y adolescencia más feliz pero esta es mi historia. Sólo puedo aceptarla y dar las gracias a la escritura porque a través de ella pude salir a flote. Ella ha sido mi ancla, mi cómplice, mi confidente, la tabla de salvación de todos mis naufragios, la escoba que me ha permitido volar.

Si con mi experiencia puedo contribuir a que otras mujeres a través de la escritura, del arte, empiecen a dar sus primeras brazadas y nadar en aguas serenas para llegar a pisar tierra firme éste será el mejor de los regalos. Escribir también es compartir, darse la mano, mirarse a los ojos y reconocerse en la otra, en la niña que fuimos, en la mujer que somos y podemos llegar a ser. 

Escribir es auto-conocerse, poner a tu otro yo en la escena. Escribir no es solo un verbo, una forma de vivir o de matar el tiempo. Escribir es mucho más que un verso.

Gloria Bosch
Febrero/2018



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